Javier Elzo es catedrático
de Sociología de la Universidad de Deusto. Es una de las personas
que mejor conocen la realidad de la juventud española,
tema al que ha dedicado gran parte de sus numerosos trabajos, entre
los que figuran los informes Jóvenes Españoles que,
desde 1994, elabora cada cinco años para la Fundación
Santa María. Intelectual comprometido y persona interesada
por la cuestión de los valores.
P.- ¿Cuáles son los principales valores y contravalores de los
jóvenes españoles de hoy en día?
R.- Sus valores fundamentales son valores que yo denomino finalistas:
la lealtad, la solidaridad, al menos de forma puntual; la tolerancia,
aunque más pasiva que activa; el rechazo a las diferencias en razón
de sexo, raza, religión o cualquier otro motivo. Son, de alguna manera,
valores-faro, valores que están muy visibles en el ambiente. También
habría que destacar la espontaneidad, la ausencia de una doblez consciente.
Otra cosa es que desarrollen comportamientos que parecen inconexos
a los ojos de los adultos. Por otra parte, más que de contravalores,
habría que hablar de una falla en los valores instrumentales: la constancia,
el esfuerzo, el gusto por el trabajo bien hecho, la abnegación, el
sacrificio.
En ese sentido, son perfectamente capaces de propugnar la solidaridad
y la tolerancia y de no hacer nada cuando hay que ejercerlas. Eso
también se explica, porque tienen un agudo sentido de la comodidad
y están muy centrados en sí mismos.
Dicho esto, hay que tener en cuenta que son muy a menudo hijos únicos
o, como mucho, tienen otro hermano. Además, han crecido en el mejor
contexto económico en el que España ha estado nunca. Las familias
les han puesto en un pedestal. Han tenido a su disposición más recursos
materiales que cualquier otra generación en la historia de nuestro
país, y casi nunca se les ha dicho que no. Eso quiere decir que han
internalizado los derechos, pero no los deberes. Religión y política
| “Nuestros
jóvenes
han interiorizado los
derechos, pero no los
deberes” |
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P.- Parece que dos
valores o pautas de comportamiento que antes eran muy valorados, la
religión y el compromiso sociopolítico, no representan nada para ellos.
R.- Realmente, los dos representan muy poco para ellos. Hay varias
explicaciones. Una de ellas es que el mundo de la política tiene mala
fama. En los medios, es raro que se hable de un político en positivo.
Y los miembros de la clase política se tratan muy mal entre ellos.
Hay un gigantesco desprestigio de la política, pese a que hay razones
objetivas para decir que no todo lo político ni lo que se hace en
política es malo.
En cuanto a lo religioso, hay muchos problemas. En los medios, lo
religioso no aparece o, cuando lo hace, es para resaltar aspectos
negativos del hecho religioso. En las revistas que leen los jóvenes
lo religioso brilla por su ausencia. Y no existe en España una revista
tipo Familia Cristiana que esté en las casas de las familias. Ni siquiera
una revista juvenil de inspiración cristiana, aunque no específicamente
confesional.
Por otra parte, los jóvenes se encuentran con una Iglesia con los
agentes de pastoral muy envejecidos. La distancia generacional es
muy grande. Y, aunque no suene bien decirlo ahora que Juan Pablo II
acaba de fallecer, los encuentros con la juventud del Papa no deben
llamarnos a engaño. Los jóvenes le han visto más como un abuelo amable
que como un padre que les guía. Le han escuchado, pero no le han hecho
caso en muchas cosas. Sobre todo, en las cuestiones relacionadas con
la sexualidad.
En este punto, hay una fosa absoluta entre los planteamientos del
Papa y de la jerarquía y los de los jóvenes. Una laguna impresionante.
Y a mí me parecería fundamental que hubiese una educación sexual de
raíz cristiana que les proporcionase a los jóvenes otros planteamientos
más allá de los que aparecen en los medios, que se resumen, poco más
o menos, en móntatelo-para-disfrutar-lomás-posible. Entre esta visión
y la que sólo admite las relaciones sexuales dentro del matrimonio
y encaminadas a la procreación hay que formular una propuesta intermedia
y basada en valores.
Por otra parte, hay que decir que en la sociedad reina un ambiente
secular en que la Iglesia y lo religioso no tienen ningún papel. En
España no hemos pasado la época de reacción al nacionalcatolicismo,
que acabó en los años sesenta, hace ya cuarenta años.
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Medios
de comunicación
P.- Por lo que usted dice, los medios juegan un gran papel en la
concepción de la vida de los jóvenes.
R.- Bueno, los medios condicionan a los padres, que transmiten a su
vez una visión de la vida a sus hijos.
P.- Pero los adolescentes y los jóvenes también tienen un alto
grado de exposición a los medios, especialmente a la televisión.
R.- Mire, los agentes que más influyen en la formación de los jóvenes
españoles son, por este orden: los padres, los grupos de amigos, los
medios y, sólo en cuarto lugar, la escuela. Esto, como digo, representa
para mí una certeza, después de comprobarlo año tras año en todas
las investigaciones en las que he estado implicado. Como le digo,
los primeros agentes de formación de las actitudes de los jóvenes
son los padres y los padres son tributarios de los medios, que crean
un ambiente general. Y, dentro de ese ambiente general, la dimensión
religiosa católica es cada vez menos visible. La cuestión es muy diferente
en otros países cercanos como Italia o Francia. En el primero, lo
religioso sigue estando muy presente. En el segundo, desapareció de
la vida pública hace mucho, con la diferencia de que Francia es una
sociedad adulta y muestra respeto por el hecho religioso, incluso
entre los sectores que puedan estar más alejados de la Iglesia.
Por otra parte, lo dicho no quiere decir que la demanda del hecho
religioso haya disminuido. Sigue presente. Me refiero al interés por
las preguntas últimas de la vida: ¿Qué hago aquí? ¿Qué hay más allá
de este mundo? ¿Qué sentido tiene la existencia?... Esas cuestiones
están tan presentes como hace cincuenta años o más. El problema es
que las respuestas a esas preguntas por parte de los que estamos en
el ámbito religioso -sacerdotes, religiosas o profesores que trabajan
en instituciones católicas, como es mi caso- no resultan convincentes
para los jóvenes y ellos buscan respuestas en otros ámbitos: grupos
de amigos, drogas, el mundo de la música y la noche.
Independencia
P.- ¿Es la juventud española muy diferente de la de los países
de nuestro entorno?
R.- No, y cada vez son mayores las similitudes. Hay, eso sí, algunos
elementos específicos. El joven español se queda mucho tiempo en casa
de sus padres. Es mucho más comodón a la hora de alzar el vuelo y
buscarse la vida de forma independiente. Otra diferencia esencial
son los horarios tan amplios de la vida nocturna de los fines de semana.
Eso sólo pasa, con esa fuerza tan grande, en España. La prueba la
tiene en nuestras fronteras. Los jóvenes de Portugal y de Francia
se cruzan a España para poder disfrutar de la vida nocturna.
Nuevos jóvenes
P.- ¿Se puede decir que la actual generación de jóvenes es muy
distinta de las anteriores?
R.- Bueno, si comparamos a los jóvenes de ahora y a los de hace quince
años, es evidente que existen diferencias. Para empezar, son menos.
Después, el paro ha cambiado de sentido. Ahora hay trabajo. Cuál es
la calidad de ese trabajo, es otra cuestión. Luego, han irrumpido
con fuerza las nuevas tecnologías -Internet, telefonía móvil-, que
han creado un mundo completamente nuevo. Ha aparecido la figura del
joven solo que vive encerrado en su cuarto. No es un hecho mayoritario,
pero sí que se da. Otro fenómeno nuevo es la inmigración, que no se
sabe qué consecuencias va a tener. Por otra parte, en el campo de
las drogas, hay que decir que hace diez años la mayoría de los jóvenes
les tenía miedo. Ahora, el peligro que suponen se ha banalizado.
| “Los
referentes sexuales que aparecen en los medios
se resumen en: móntatelo-para-disfrutar-lo-más-posible” |
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P.- Ha cambiado, pues,
el contexto, pero ¿qué pasa con las actitudes?
R.- Bueno, hace quince o treinta años, la democracia se estaba construyendo
y existía un cierto sentido de contribución a esa construcción de
la sociedad. Eso ha desaparecido. Antes, los jóvenes eran más tolerantes.
Ahora lo siguen siendo, pero es una tolerancia más pasiva. Se podría
decir que el joven de hoy es más egoísta, pero no me gusta esa palabra.
Sería más justo, tal vez, decir que se ha hecho más individualista.
P.- Hay quien podría caer en la tentación de decir que son peores
que sus predecesores.
R.- No. Lo que ocurre es que viven en un contexto muy distinto. Un
contexto de abundancia y de cierto neopaganismo, de una sociedad de
panem et circenses, en la que el sacrificio no tiene ningún sentido.
Yo no me atrevo a decir que son peores, ni creo que tenga mucho sentido
discutir si lo son o no.
P.- De alguna manera, son un reflejo de la sociedad en la que viven.
R.- Bueno, ellos tienen su forma de vivir una actitud que está en
el conjunto de la sociedad. Los mayores la viven a su modo y los jóvenes
al suyo. En ese sentido, no hay ruptura generacional. Los mayores
no han transmitido a los jóvenes ciertos valores porque ellos mismos
los han perdido, en muchos casos. El ejemplo está muy claro si nos
fijamos en el hecho religioso. Las madres, que eran tradicionalmente
las transmisoras de la fe, se han secularizado. Entonces, la transmisión
de la fe se ha interrumpido.
Sin futuro
P.- ¿Qué les mueve a los jóvenes de hoy? ¿Por qué luchan?
R.- Lo curioso es que antes la juventud era un periodo de paso. Ahora
no. Los jóvenes españoles de hoy están instalados en casa de sus padres
e intentan alargar lo más posible ese periodo. Además, se da una fuerte
adolescentización de la juventud. Los jóvenes se han vuelto personas
muy presentistas, que no tienen, como es típico de la juventud, una
proyección en el futuro, que no se preparan para lo que ha de venir.
Están, si se puede decir así, en standby.
P.- Cuando se habla de jóvenes y de adolescentes es inevitable
hacer referencia a la enseñanza, especialmente a la secundaria. Se
señala como uno de los mayores problemas existentes dentro de la misma
la indisciplina y la pobreza de la formación intelectual. ¿Cómo ve
usted esta cuestión?
R.- La enseñanza es un problema muy complicado. No puedo asegurar,
porque es un tema que no he estudiado, que nuestros estudiantes de
secundaria sepan poco. Mi impresión es que sí, pero, ya digo, no es
un tema que haya estudiado a fondo. Por otra parte, también hay que
tener en cuenta que hoy estudia todo el mundo, cuando antes lo hacíamos
sólo unos pocos.
Por lo que se refiere a la disciplina, está claro que es un problema.
Pero no es un problema de la escuela únicamente. El problema es, como
decía, que a nuestros jóvenes nadie les ha puesto límites, nadie les
ha dicho que no. Por eso, a la mínima contrariedad, saltan. Hay una
creencia muy generalizada, que es una estupidez, en que la naturaleza
es buena, en que el hombre es bueno por naturaleza y hay que dejarle
el mayor campo de actuación posible. Si nos dejásemos guiar por los
instintos, la vida en sociedad sería una vida salvaje.
Padres e hijos
P.- Usted ha dedicado un libro al problema de la falta de comunicación
entre padres y adolescentes. ¿Es realmente tan serio?
R.- Sí, es una incomunicación profunda. Los padres no tienen tiempo
para sus hijos. La sociedad vive en un agobio constante. Hemos caído
en una suerte de activismo, nos dejamos llevar por una presión muy
fuerte que nos compele a querer hacer muchas cosas, a hacer cosas
constantemente, incluso en nuestro tiempo de ocio. Claro, la pregunta
sería si antes los padres tenían más tiempo para dedicar a sus hijos.
Al menos, la madre sí que lo tenía. No es que haya que culpabilizar
del problema de la incomunicación a las madres. La cuestión es que
el contexto ha cambiado enormemente. Antes, la vida era mucho más
simple. Un chaval podía más o menos decir, según la familia en la
que hubiera nacido, lo que iba a ser dentro de treinta años. Era un
mundo más cerrado, pero más seguro. Ahora, la vida es mucho más abierta,
pero también más difícil.
P.- ¿Cree que nuestros jóvenes son capaces de hacer realidad la
famosa frase de "Otro mundo es posible"?
R.- No lo sé. Una cuestión que hemos obviado desde el principio es
afirmar que no existe la juventud, sino que existen jóvenes. En ese
sentido, no cabe duda de que existe un núcleo reducido de jóvenes
con capacidad de arrastre para lograr cambios. En 1999, los datos
del estudio Jóvenes Españoles indicaban que el diez por ciento de
ellos estaba implicado en alguna ONG. Hoy creo que son menos, pero
siguen siendo un porcentaje importante. Por supuesto que hay muchos
jóvenes en los movimientos actuales de contestación, aunque no sean
ellos los que los dirigen. Sin embargo, pensar que los jóvenes van
a cambiar el mundo es una idea que me genera ciertas reticencias,
porque lo que puede evitar que el mundo cambie es que se vive muy
bien. En ese sentido, puede que haya que darles la razón a los que
dicen que el ateísmo que no ha traído el comunismo, lo ha traído el
capitalismo. Aunque, bueno, más que de ateismo habría que hablar de
conformismo e individualismo. Sin duda, eso es lo contrario del mensaje
fundamental que ha supuesto el pontificado de Juan Pablo II, que es
la centralidad del otro. |