Ayudar es para muchas personas casi un acto reflejo, una actitud
que se aprende de niño y que se lleva a la práctica cada día. A
muchos nos enseñaron nuestros padres que debíamos ayudar a los
demás, pero nunca nos dijeron que eso hubiera que estudiarlo. A
ayudar no se aprende en un curso… ¿o sí?
Muchas veces creemos que al
actuar con buena intención
estamos ayudando. Y si a eso
le sumamos nuestra “experiencia”, es decir,
que llevamos años haciéndolo igual, ya no
dudamos que lo estamos haciendo bien.
En mi caso, tras quince años de trabajo
voluntario con personas enfermas y marginadas,
me di cuenta de que había muchas
cosas que estaba haciendo mal. El curso del
Centro de Humanización de la Salud (CEHS)
“Habilidades de Relación de Ayuda” me ha
permitido aprender cómo debe ser mi relación
con otras personas para que mi buena
intención se pueda transformar en acciones
que realmente apoyen a los demás.
Tuve la oportunidad de constatar lo que se
pueden mejorar las relaciones en el trabajo
social, y también en nuestra vida privada, al
comparar mi trabajo y actitud con seropositivos
y enfermos de sida antes y después de
mi formación en el CEHS. Durante cuatro años
colaboré en Madrid en una casa de acogida
de enfermos de sida, posteriormente estudié
varios cursos en humanización de la salud,
y ahora trabajo en un Centro de Apoyo y
Consejería en VIH-SIDA en Ecuador.
|
He cometido muchos
errores y he sido
consciente de ellos tras
aprender cómo ayudar |
|
Las diferencias entre ambas situaciones son enormes, principalmente porque ahora trabajo en una zona donde la mayoría de la población no tiene sus necesidades básicas cubiertas, no hay dinero para medicamentos básicos, el acceso a tratamientos contra el VIH es muy difícil, la discriminación es atroz… pero igualmente son personas con problemas, que los quieren compartir y desean sentirse comprendidos. Personas, igual que nosotros, a las que el apoyo y la comprensión les permiten sentirse mejor. Por ello, en cierto sentido, las situaciones que podemos vivir con personas enfermas en España y en otro país son muy similares, porque siempre hablamos de PERSONAS. E igualmente nuestra capacidad de cometer los mismos errores, llenos de buena voluntad, es también muy similar. Por mi parte he cometido muchos, y he sido consciente de ellos tras aprender cómo ayudar. Sé que los hubiera vuelto a repetir, y los he visto cometer en varios países.
 |
Acompañar en silencio
Cuántas veces he querido acompañar a una persona enferma que se encontraba sola, y para ello me he puesto a hablar. Y si no quería hablar, no importaba, yo comenzaba un casi-monólogo para entretener durante un tiempo. Y sentía que lo hacía bien. Pero aprendí que hay personas enfermas que quieren tener a alguien a su lado, sentirse acompañadas, pero no quieren oír historias que no les importan. Constaté que podemos molestar cuando, con nuestra mejor intención, hablamos por hablar. He aprendido que acompañar no implica hablar. He aprendido la importancia de saber escuchar. Y acompañar en silencio.
Con la intención de animar a una persona he dicho en más de una ocasión alguna frase típica: “no es para tanto”, “no te preocupes, ya se solucionará”, porque no sabía qué decir. Pero aprendí que hay situaciones en las que las manidas palabras de ánimo, dichas sin sentirlas, hacen mucho daño. Cuando ante una situación dolorosa alguien nos dice tranquilamente “hala, venga, que no es para tanto, ya se pasará”, no nos está comprendiendo y está quitando importancia a nuestro dolor. Tras esas frases bien intencionadas una persona se puede sentir más incomprendida y sola. He aprendido la importancia de comprender y respetar los sentimientos de las personas y transmitir esa comprensión. Y cuando no sé qué decir… lo reconozco o me callo.
Solución de problemas
La casa de acogida con la que colaboré en Madrid era para personas sin recursos, igual que no los tienen las personas con las que trabajo ahora. En más de una ocasión he “solucionado un problema” sin que la persona interviniera en su resolución y a veces incluso sin que lo pidiera. Y con la magnífica sensación de haberlo hecho bien. Participé en “solucionar” sin preguntar, lo que desde fuera considerábamos “problema” e hicimos mucho daño a la persona “ayudada”. Porque no debemos olvidar que no tenemos ningún derecho a decidir por nadie, y una bienintencionada-no-solicitada actuación puede tener consecuencias que provoquen más daños.
|
Durante cuatro años colaboré en
Madrid en una casa de acogida de
enfermos de sida |
|
He aprendido que hay que apoyar y facilitar la búsqueda de alternativas pero que son las personas las que tienen que tomar sus propias decisiones. Y sea cual sea la que tomen, incluso si deciden no tomar ninguna, se debe respetar.
Es cierto que muchas personas disfrutamos con este tipo de trabajo, pero a parte de este sentimiento “sano” que provoca, a veces la relación de ayuda es un refugio no tan saludable. Si miro atrás recuerdo la época en que más acudía a la casa de acogida y más relación tenía con las personas albergadas. Me querían mucho y era una sensación muy agradable lo bien que me sentía haciendo ese trabajo. Fueron unos meses en los que viví una situación personal muy dura. Realmente en ese momento fue “mi casa de acogida”.
Confundí mis sentimientos y perjudiqué a las personas a las que quería ayudar. Debemos estar muy atentos a nuestras emociones porque podemos lastimar a otras personas a las que queremos ayudar cuando confundimos nuestros sentimientos y hacemos de esas personas nuestro refugio. Podemos crear una relación de dependencia que, además de a nosotros, perjudique a los demás. He aprendido que uno debe ayudarse a sí mismo a estar bien. Y ser sinceros con nosotros sobre nuestras verdaderas razones para ayudar a otros.
 |
Definir relaciones
Recuerdo a un chico al que conocí hace años. Tenía problemas con el alcohol. Yo deseaba de todo corazón que lo dejar y un día decidimos que ninguno de los dos tomaría una gota de alcohol. Así le “apoyaba”.
Hice mucho daño. No saber definir bien la relación con la persona a la que se quiere ayudar puede ser muy perjudicial. Por ayudar mejor nos podemos involucrar demasiado, perder la objetividad de la situación y mantener relaciones dañinas para nosotros y para la persona a la que queremos apoyar. He aprendido que podemos estar al lado de una persona apoyando y facilitando un cambio si ella lo desea, pero no podemos vivir su vida. Podemos involucrarnos pero no debemos perder la objetividad, y para ello debemos estar muy atentos a que la relación sea sana para ambos.
|
No saber definir bien la
relación con la persona a la
que se quiere ayudar puede
ser muy perjudicial |
|
Y así podría contar muchas vivencias, y ahora no sólo mías sino de mis compañeros en el Centro de Apoyo y Consejería en VIH-SIDA de Vinces, en Ecuador. He tenido la suerte de poder compartir con ellos la formación que recibí en el CEHS y ahora mantenemos los mismos principios en la relación de ayuda. Así mismo, como nos proponen en el curso “Inteligencia emocional y estrés”, buscamos también como equipo un espacio en el que compartir nuestras vivencias y dar salida a las tensiones acumuladas.
Afortunadamente también estamos teniendo la oportunidad de compartir nuestros conocimientos y experiencias con otras personas de nuestro entorno: médicos, enfermeras, consejeros o “counsellors” y voluntarios en el área de salud de otras organizaciones de Ecuador. Al final, en distintos organismos, en distintos países, todos trabajamos mejor si conocemos las “habilidades en la relación de ayuda”. Porque a ayudar sí se puede aprender. |