CARTA DEL DIRECTOR
Elogio de la fragilidad
Por Francisco Álvarez
Las edades "fronterizas" de nuestra existencia constituyen una especie de parábola del doble rostro de la condición humana. Somos radical e inevitablemente frágiles. Al mismo tiempo nacemos con vocación y posibilidades de plenitud: "indigentes" y "oferentes", como diría Laín Entralgo. Necesitamos unos de otros, y nos enriquecemos unos a otros.
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Hoy toca hablar de la primera edad. El nacimiento de un niño es una hermosa y vibrante explosión de vida. Un prodigio a nada comparable. Y es también la aparición en este mundo de la máxima indefensión.
Nacer significa atravesar una especie de túnel oscuro (situación de aprieto) que nos separa del ambiente más cálidamente envolvente. El recién nacido, inviable por sí mismo y totalmente dependiente, abandona el útero, y solo uno mayor que el primero, pero igualmente protectivo y dadivoso, puede acompañar su fragilidad, sin que ésta nunca desaparezca del todo.
Es una de las músicas de fondo de nuestra vida: Nacemos de entre millones de posibilidades, nada era nuestro: todo nos lo dieron, fuimos inicialmente "insignificantes" (ni visibles ni perceptibles), tan poco considerados que a muchos se les niega el derecho a culminar el viaje. Feliz el que puede iniciar su andadura, pues ya nunca acabará del todo. Eso sí: discurrirá entre riesgos e incertezas, entre aprendizajes lentos y conquistas sabrosas, necesitará de libertad probada y constancia activa, compartirá su existencia con los compañeros incómodos del sufrimiento, de la adversidad.
La fragilidad humana, la de los niños y, con mayor razón, la de los mayores, son tal vez los mejores argumentos que nos quedan para que nuestra humanidad siga siendo. humana. Por de pronto, niños y mayores nos ponen a prueba. Unas veces porque nos "desarman" de nuestras violencias o de nuestra insensibilidad. Otras, en cambio, porque muestran la falacia de sus "contrarios": el poder, la prestancia física, el culto del cuerpo. Nos hacen regresar a menudo al realismo de la vida.
Cuando la fragilidad crea dependencia nos sentimos invitados a ofrecer y a poner a trabajar lo mejor de nosotros mismos: la bondad, la gratuidad. Pero también corremos el peligro de someter y de manipular, de usurpar la autonomía debida y de desatender derechos.
Cuando la fragilidad es tal que el otro/ otra aún no tiene voz, ni rostro visible, ni sonrisa cautivante., podemos cerrar los ojos, mirar para otro lado y anestesiar los sentimientos, o, por el contrario, llevar el amor y la acogida de la vida frágil hasta las últimas consecuencias.
Cuando la fragilidad se evidencia en la imposibilidad radical de que el niño/a pueda desarrollarse sin educación y cariño, sin salud y valores. ¡qué oportunidad estupenda para comprender la grandeza de la tarea de ser humanos y de ayudar a serlo! Mirando hacia dentro, donde habita la porción mayor de verdad, siempre he sentido la necesidad de elogiar, de ponderar y agradecer esa dimensión tan honda que nos acompañará siempre: Somos frágiles. ¡Cuán equivocado es vivir como si no lo fuéramos! Siempre que descartamos, alejamos, desatendemos o incluso "suprimimos" a los frágiles (sea cual sea el estadio de su proceso de vida), nos estamos traicionando a nosotros mismos.
Sería lamentable que el progresivo y acelerado conocimiento y control de los procesos de nacer, de vivir y de morir, nos hiciera acunar el sueño de una sociedad "perfecta", libre de cualquier fragilidad evitable. El sueño acabaría convirtiéndose en una pesadilla. Ya hay indicios.
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