CARTA DEL DIRECTOR
Una sencilla manera de decir sí
Por Francisco Álvarez
Vivimos tiempos de grandes contrastes:
en la cultura, en los modos
de vida, en la economía, en la
política. Un fenómeno típico de
nuestra época está en lo que se ha dado en
llamar la "convivencia de contrarios". Sí, porque
es una sociedad contradictoria. Desde que
-según se dice- han desaparecido los grandes
esquemas de pensamiento; desde que todo
lo que va más allá de lo "físico", es decir, lo
metafísico, se desliza por la pendiente del olvido,
quizás estemos abocados a ser cada vez más
una "sociedad líquida". Expresión con la que
se quiere significar que ya nada es consistente,
todo es reversible, adaptable (como el líquido)
al recipiente o usuario.
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Todo, o casi todo, es
pendular, oscilante. Se busca enfáticamente
la justicia y se convive olímpicamente con la
injusticia. Se proclaman airadamente libertades
y se trata de imponer un pensamiento único y
cánones que delimiten claramente lo normal y lo
anormal, lo políticamente correcto e incorrecto.
Se idolatra la salud y se promueven estilos de
vida insanos, al dictado de valores patógenos.
Todo o casi todo resulta impreciso, vago. Faltan
anclajes, valores estables y referentes válidamente
normativos. Los sacudones espirituales
son mal vistos.
Uno de los signos evidentes del contraste,
en este caso positivo, es el voluntariado. De
entrada, y sin matices: un ejemplo evidente de
nuestra capacidad de autorregeneración. Somos
así: donde campa a sus anchas la insolidaridad,
surgen brotes vigorosos de solidaridad. Donde
la deshumanización se hace cada vez más
sensible e hiriente, se multiplican los gestos de
contraste humanizador. Cuanto más se tecnifica
el campo de la salud son más numerosos los
elementos correctores introducidos por la legislación
o urgidos por las ciencias humanas como
la bioética y las antropologías médicas.
No extraña, pues, que el voluntariado -sobre
todo el de corte marcadamente social- sea
visto como una fuerza explícita de denuncia
social. Y lo es. Pero no está ahí toda su bondad
y eficacia.
La marca de fábrica, su signo de identidad
más profunda, junto con la confrontación y la
denuncia, es el anuncio: una propuesta alternativa
de vida y de sociedad.
El voluntariado es una manera práctica y
sencilla de decir sí. Una manera de ver y de vivir,
que implica todas las variables de la persona:
las opciones de vida, los valores y creencias, la
gestión del tiempo, la voluntariedad y gratuidad,
la capacidad de dar afecto y de empatizar, la
estructura familiar. El contraste y la confrontación,
la mano decididamente alzada contra la falta
de justicia y de solidaridad, son normalmente el
fruto o la consecuencia lógica de una actitud vital
y existencial: el sí a la vida, la seducción del bien
(sin fanatismos), el deseo sincero de pasar por
este mundo haciendo el bien y haciéndolo bien.
Los voluntarios y voluntarias dicen sí al don
de la vida, especialmente cuando ésta vive la
estación de la fragilidad, de la amenaza y de la
indefensión. Si salen a la calle a hacer suyo el
grito de los desprotegidos, es porque el amor
por la justicia y solidaridad se ha forjado en la
fragua de la escucha y de la cercanía, del afecto
dado sin pedir otra cosa a cambio. El voluntario
no es un activista, habitualmente cabreado. Su
solidaridad no es revanchista.
Los voluntarios dicen sí de una forma asombrosamente
sencilla a cosas tan complicadas
como ciertas preguntas íntimas y últimas. Por
ejemplo, las que andan en busca de un sentido
para la vida malograda, sacudida o saqueada.
Preguntas que, tal vez en su penúltimo intento,
quieren saber si ha valido la pena, si todavía
quien así sufre y espera cuenta, si es aún
importante para alguien. "Sí, tú eres importante
para mí".
Este voluntariado dice sí porque se propone
ser la afirmación cotidiana de un espíritu, de
un talante, que, en el caso de voluntario/a cristiano/
a, hunde sus raíces en el sí de Dios a la
humanidad. El sí de Dios fue Jesús.
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