CARTA DEL DIRECTOR
La salud en el aire
Por Francisco Álvarez
Que la salud está en el aire nadie
lo duda. Nos sobran razones
para afirmarlo. Unas -las más
importantes- vienen de lejos,
tan de lejos como la vida misma,
que se acaba cuando nos abandona la respiración.
Tan conscientes somos de ello, que
hemos de estar mirando permanentemente al
cielo, oscurecido por la creciente contaminación,
midiendo o calculando los gases tóxicos, las
toneladas incalculables de polvo en suspensión,
incluso el azufre que no se ve pero que está
ahí. Y, por si lo hubiéramos olvidado, ahora
nos recuerdan que el virus de la nueva gripe es
"aéreo" y nos ataca por las vías respiratorias.
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Que la salud circula también por el aire,
parece evidente. Sin embargo, el título apunta
o vuela en otra dirección. Mejor dicho, en dos.
Ambas tan ciertas como la ya mencionada.
Ambas, además, responden perfectamente a
la imagen transmitida por la expresión "estar
en el aire".
La primera se refiere a aquella o aquellas
situaciones inseguras, cuya resolución se espera
pero no se asegura. La pelota puede caer de
un lado o del otro. El desenlace puede ser el
deseado o el temido. Las previsiones pueden
fallar. Navegamos sin certezas. Algo parecido
sucede con nuestra salud, prácticamente en
todos sus niveles o dimensiones. Incluso cuando
el cuerpo está en silencio (una hermosa
sensación, a menudo desapercibida), cuando no
pende sobre nosotros ningún tipo de amenaza
y nos sentimos normales y válidos, también
entonces la salud es un bien provisional, escurridizo,
falible. Queremos seguridad, pero vivir es
un riesgo constante.
La otra dirección: Se dice "estamos en el
aire" cuando el programa de radio o televisión
abre sus espuertas y se lanza al espacio. Sí, la
salud está en el aire, volando sobre las alas de las
ondas, viajando a velocidades supersónicas vía
"on line", borrando fronteras, mostrándose con
todas sus ambigüedades en la ya casi infinita red
de cadenas televisivas. También en este caso son
palmarias las evidencias. La salud está en el aire
porque de ella se habla, se informa y se busca
"ahí". La información, sobre todo vía Internet, ha
alcanzado niveles de auténtica saturación. Junto
con ella, también la desinformación, la simplificación
y, lo que tal vez es peor, la muestra de
la progresiva pérdida de confianza en los demás
cauces o suministradores de formación/información.
El asunto es muy complejo; tanto como
la sociedad en la que vivimos. De hecho los
medios son, en buena medida, reflejo de sus
contradicciones: de sus sueños utópicos y de
sus frustraciones, de sus ideales y de la pérdida
flagrante de valores. Son creadores de cultura y,
al mismo tiempo, puesta en escena y en imagen
(a menudo reiterativa y cansina) de lo que se
lleva, se gasta y se piensa. Son educadores en
salud, que prestan un servicio inestimable y, con
excesiva frecuencia, vehículo sinuoso y seductor
de modos insanos de vivir, de alienación ofrecida
como libertad, de búsqueda obsesiva de la
"fitness", de ocultamiento de lo serio de la vida
o tratamiento irrespetuoso del sufrimiento ajeno.
En la era de la imagen corremos el serio peligro
de que el "homo sanus" llegue a confundirse
con el "homo televisivus". ¿El/la de los anuncios
que venden coches y perfumes? ¿El/la que
dispara a los cuatro vientos su intimidad (es un
decir)? ¿El/la que habita más allá del bien y del
mal, a caballo de un relativismo imperturbable?
No resulta difícil admirar e incluso sobrecogerse
ante el poder cultural y social de los
medios. Tampoco parece ilusorio soñar un futuro
de logros hoy aún impensables. Nunca en tan
poco tiempo se recorrió tanto trecho. Pero sueños
y temores caminan juntos. Tanto poder entusiasma,
anima, y... asusta que la red se convierta en
maraña que aprisiona; que la vida deje ser arte
que se aprende, que la salud de muchos llegue a
saltar por los aires.
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