CARTA DEL DIRECTOR
Silenciados
Por Francisco Álvarez
Entre no escuchar a quien te está
hablando y mandar callar o condenar
a alguien al silencio, existe
una cierta diferencia. La escucha es
un arte que necesita un lenguaje total, pues
implica prácticamente todas las variables de la
relacionalidad humana. De ahí su complejidad.
El arte se aprende, y puede realizarse mejor o
peor. Es tarea para toda la vida. Y hasta puede
suceder que uno cree que está escuchando
cuando, en realidad, está solo oyendo...
El título apunta a otro fenómeno muy
extendido, difícil de diagnosticar. De entrada
se puede decir que está incrustado de lleno en
nuestra cultura y nos envuelve. Algo así como
el aire que respiramos y el espacio en que nos
movemos. Dicho sea sin exageración.
El fenómeno afecta, quizás por igual, a
individuos y colectividades, y a temas, ideas,
acontecimientos, actitudes... Silenciados.
Vayamos a los primeros.
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En nuestro occidente tan plural y entrenado
en libertades -por lo menos formales-
existen auténticos muros contra los que
rebotan una y otra vez palabras y gritos que
ahí mueren aplastados.
¿Quiénes son los silenciados? Hombres,
mujeres y sectores de la sociedad que no están
en la lista. No cuentan, porque "no estaban ahí".
Porque no hacen oír sus claxon en las largas
colas de los puentes, porque no llenan los restaurantes,
ni aparecen por los lugares habituales
de ocio, porque rumian sus penas allí donde no
hay micrófonos ni ecos. O porque todavía no se
han asomado a la puerta de la vida.
Son silenciados aquellos/as que sienten el
duro peso de "lo" políticamente correcto, y no
se atreven a proclamar sus diferencias, a salirse
de la fila, a quebrantar cánones establecidos.
Son silenciados aquellos a quienes un extendido
sentido insano del pudor les fuerza a callar una fe
que, dicen, está pasada de moda, y, por tanto, no
es de buen gusto pasearla por las calles, sacarla
de las sacristías y exponerla en las tertulias.
Sucumben, por otro lado, a un silencio
indebido quienes con el señuelo del dinero
fácil o por miedo a engrosar el grupo de los
perdedores, pactan con la mentira, ocultan,
amañan o tergiversan la corrupción galopante,
le bailan el agua a los poderosos de turno
y contribuyen a una progresiva contaminación
de la verdad y de la palabra.
Que eso es, en el fondo, lo que está en
juego y en peligro. El silencio impuesto o
aceptado por cobardía se vuelve de alguna
manera contra nosotros mismos pues tiende a
recluirnos en una especie de circuito cerrado,
sin respiraderos, sin salida. Nuestro corazón
se oxigena con la verdad, y nuestro espíritu se
mantiene vivo con la libertad. Hay que silenciar,
en cambio, ese ruido ambiental acaparador
y envolvente, tan difícil de evitar, que puede
dejarnos sordos y mudos... Curioso bullicio,
cuyos decibelios distraen (incluso cuando producen
un cierto hartazgo) pero no dan paz.
Acallan al sabio interior pero no nos devuelven
una sabiduría mejor. Aparcan y postergan los
interrogantes íntimos y últimos, los que nos
humanizan de verdad, y nos dejan a la intemperie,
a las puertas de una superficialidad de
corto recorrido.
Hay otros silencios que llevan en su interior
una cierta carga anticipatoria de muerte.
¿Qué otra cosa puede decirse de la conciencia
adormilada y anestesiada? ¿o de la
sensibilidad moral y de la seducción del bien
y de la bondad, abotargados y distraídos en el
inmediatismo del propio interés?
La invitación bíblica dirigida al pueblo
que caminaba por el desierto hacia la
tierra prometida ("Ojalá escuchéis hoy
su voz"), bien podría traducirse así en
nuestro tiempo: "Escucha al sabio que
llevas dentro, no busques fuera aquello
que Dios ha puesto en tu corazón, como
parte integrante de tu patrimonio genético
humano". En tu interior descubrirás la voz
de la Verdad. Escúchala.
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