CARTA DEL DIRECTOR
La sonrisa de Daniel
Por Francisco Álvarez
José Mª Cabodevilla, en su libro El cielo
en palabras terrenas, dejó escrito que
los humanos parecemos más hechos
para expresar la tristeza que la alegría,
más la pena por la ausencia que el
gozo de la presencia, más lo que falta para
ser felices que lo poco o mucho que tenemos
para serlo. Hartas pruebas de ello nos da el
arte, el grabado en la piedra y en los lienzos.
Y nos hacía notar el hecho extraño o llamativo
de que en el espléndido Pórtico de la Gloria
de la catedral de Santiago solo uno de los
beatamente glorificados, el profeta Daniel,
nos regale una hermosa sonrisa (algunos
dicen que pilluela, por otros motivos), muy
propia de quien ha alcanzado la cúspide de
la dicha imaginada e inimaginable.
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Por nuestra memoria visual desfila un
variadísimo muestrario de imágenes, escenas,
representaciones, de carácter religioso,
en las que abundan otras actitudes, poses,
estados de ánimo, emociones… No estamos
acostumbrados a decir el cielo en palabras
terrenas. Quienes han intentado reflejar visiblemente
los misterios de la vida, captados
desde dentro, encuentran que sus tallas no
dan la talla, que los rostros siguen siendo de
carne y hueso aunque hayan sido transformados
en la gloria. Con frecuencia lo bello y
sublime parece coincidir con lo serio, lo severo,
lo adusto, lo solemne. ¿Hemos visto alguna
vez sonreír al Jesús de Nazaret de nuestra
riquísima imaginería? ¿No sería muy propio
del Evangelio –que es buena noticia– poder
verle soltando alguna que otra carcajada, tan
solemne como sonora? Tampoco resulta fácil
encontrar un vía crucis que termine más allá
del sepulcro, es decir, en la gloria de la resurrección.
La cruz es más plástica y tangible,
de carne como nosotros aunque ensangrentada,
incluso más real. ¿Puede haber alegría
después de ella?
Encuentro, sin embargo, arriesgado y
poco certero insistir demasiado en esta cara
de la realidad. Seguramente faltan sonrisas
en los innumerables danieles, pero no escasean
los motivos para la alegría. Hay que
admitir que el cristianismo no ha alimentado
demasiado la veta del gozo de ser cristiano
y de vivir como tal. Hasta se puede decir
que se ha olvidado en exceso que el “estado
natural” del cristiano debería ser todo lo
emparejado con la sonrisa, y, por supuesto,
con la alegría. Aunque este mundo siga siendo
un valle de lágrimas, para unos más que
para otros, claro.
Volviendo al arte y dejando de lado
las sonrisas, todos hemos podido admirar,
vibrar, conmovernos… contemplando rostros
serenos, rezumantes de una paz contagiosa,
bellezas que seducen, miradas que
atraen y sugieren, semblantes marcados por
las huellas imborrables de la entereza.
El gozo interior, la armonía interna, la
coherencia con uno mismo, los remansos
interiores donde cada uno encuentra sosiego…,
no se traducen necesariamente en
otros tantos danieles. Más que la alegría
exteriorizada importa saber dónde está la
fuente y cuáles pueden ser las claves que la
hacen manar y correr.
En nuestros tiempos estamos un poco
escarmentados por el fracaso de utopías
que nos hicieron creer que la salud humana
podía llegar a ser una mercancía suministrada
desde fuera o un producto asegurado
con recursos y criterios economicistas. Y
andamos en busca de nuevas fuentes. Se
multiplican las ofertas. En el inconsciente
colectivo quizás soñemos un futuro de victorias
definitivas sobre la enfermedad. Pero
la fuente está dentro de nosotros. La nueva
salud que buscamos –de mayor calidad
por supuesto– tiene mucho que ver con las
creencias y los valores, con las necesidades
espirituales, con la coherencia de vida, con
la solidaridad, con la esperanza… En definitiva,
con Daniel.
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