Josefa, la supervivencia de una madre de 106 años

Tanto amor siente por su hija Conchi que la mantiene con vida

Si las paredes hablaran, las del Centro San Camilo podrían contar muchas historias. Una de las más entrañables es la de Josefa y Conchi. Una madre y su hija, que entraron juntas en la  residencia el 21 de diciembre de 2016 y ya van por sus cuartas Navidades rodeadas de un amor que las envuelve y las mantiene unidas durante todo el año.

Josefa tiene sus achaques pero una salud de hierro a sus 106 años (la más longeva de la casa), aunque memoria de pez. Sin embargo, no se olvida de su hija Conchi, de 74 años y una discapacidad cognitiva que la viste de una sonrisa permanente y que ilumina sus ojos cada vez que mira a su madre, especialmente desde que la operaron de cataratas. Entonces comienza la fiesta:

- Mamá, mamá.
- Hija, cuánto te quiero.
- Y yo, mucho.
- Te quiero, te quiero.
- Ay, y yo, te quiero, mamá.
- Te quiero.
- Te quiero...

Se miran, se escuchan, se toman de las manos, se besan, se acarician la cara. Nada puede con ellas. Contemplarlas es tan hermoso como sagrado, nadie se atreve a romper esa magia umbilical que las mantiene unidas, más allá de lo racional, más allá de la vida.

Pero también el amor guarda su lógica, Josefa no se quiere morir, no quiere separarse de su hija. Quiere seguir cuidándola como toda su vida; ahora con sus palabras, sus ojos, sus manos, desde su corazón sentado en una silla de ruedas. Hasta el tiempo parece detenerse para visualizar esta estampa y se convierte en algo relativo, inexistente.
 
El amor las salvó también del COVID-19. Conchi bajó con fiebre a La Zona 0, el hospital de campaña instalado en La Plaza, donde permaneció del 20 de marzo al 3 abril. Los únicos días que se han separado desde su estancia en la residencia, aunque la una no dejaba de preguntar por la otra sin ocultar sus lágrimas. Lágrimas que se tornaron de nuevo en risas y besos cuando Conchi se recuperó y tras la cuarentena retomó su vida, su madre.
 
Un vínculo al que solo separa el espacio de sus dos habitaciones, una frente a la otra,  que permite la autonomía de Conchi, quien ya ha vuelto a su agenda de actividades y terapia por las mañanas. Después se buscan, comen juntas y ya no se separan por la tarde para decirse todos los “te quiero” que necesiten. Porque al final la vida es eso, amarse con derroche.

 

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