Creando esperanza en medio del sufrimiento. Entrevista a José Carlos Bermejo.

·

Nació en Tordesillas (Valladolid) en 1963 e ingresó en los Camilos casi por casualidad. Con ellos descubrió el mundo del dolor y el sufrimiento. Y ese mundo le sedujo. Dice que ahí se ha encontrado con las verdades más verdaderas de la vida y de su fe. Es joven pero ya habla desde la experiencia de haberse encontrado con muchos y muchas en el dolor y haberlo compartido hasta el fondo. A pesar de sentirse a veces un poco raro, sigue apostando por la vida religiosa y bebiendo en la fuente de la vida que es el Evangelio.

MADRID.- P.- ¿Cómo llegaste al mundo de la enfermedad, del dolor? ¿Entraste en los Camilos consciente de que se dedicaban a este mundo? R.- Probablemente no. Cuando entré en el seminario menor no tenía ni idea. ¿Por qué entré? No lo sé. Un cura llegó a la escuela y nos preguntó en clase si queríamos ir al seminario. Nadie dijo que sí y el maestro me pidió que le acompañase a 5º B, la siguiente clase. En el pasillo me preguntó si yo quería ir y me faltó el coraje para decirle que no. Probablemente fui al seminario porque me faltó el valor para decir que no a la propuesta de aquel cura en el pasillo, como en el aula me había faltado coraje para decir sí. Y aquel cura dio la casualidad de ser un padre camilo. He ido mamando la sensibilidad por el mundo del dolor y de la exclusión social en el entorno familiar que era el seminario menor en el que entré. Y lo he ido sintiendo como mío a lo largo de la adolescencia y de la juventud. P.- ¿No te has planteado nunca otro tipo de misión? R.- No. Ésta me tiene seducido, enganchado. En el mundo del dolor y la enfermedad es donde se juega la verdad. Quizá se pueda decir de otros campos de apostolado, pero yo lo experimento aquí. Mirar a los ojos de una persona que se está muriendo es asomarse a una de las verdades más serias de la vida. Y para verla lo importante es acercarse no sólo físicamente sino desde el corazón. Ese acercamiento es una experiencia que tiene una riqueza de humanidad inmensa. En ese contexto de la enfermedad y el dolor es posible palpar casi con la mano algunos de los misterios centrales de nuestra fe. Si se habla de la encarnación, ahí tenemos la carne del enfermo, la carne frágil, y tú tienes la posibilidad de encarnarte en el otro, de meterte en su mundo, en su corazón roto y sufriente, de hacer un camino con él. Podemos decir que no es más que un simple acompañamiento, pero desde la fe podemos decir que es el mismo camino de la historia de la salvación de esa persona. A veces, se ve materialmente cómo la gente se pone en pie y vuelve a caminar. Creo en los milagros porque los veo. Es admirable ver a las personas cómo van mejorando, curándose por dentro, poniéndose en pie. P.- Podías haber hecho lo mismo siendo psicólogo o médico y habiéndote casado. Pero has optado por ser religioso. ¿Por qué? R.- Creo que la vida religiosa no es más que otra forma de vivir el ser cristiano. Y ni siquiera es tan diferente. Al fin y al cabo, las claves fundamentales son las mismas. Todos tenemos el referente único del Evangelio y desde ahí creamos una familia o vivimos en comunidad. Son formas diferentes y todas con sus ventajas e inconvenientes. Como religioso a veces me siento un poco raro. Sobre todo en ciertos contextos donde para hacer lo que hago casi tengo que pedir perdón por ser fraile o lo hacen otros al presentarme. A veces, al comenzar un curso en un hospital o en una universidad, en la presentación dicen que voy a hablar por ejemplo del “acompañamiento del enfermo terminal”, dicen también que soy religioso camilo pero añaden que no voy a dar catequesis ni nada parecido. Vienen a decir que “a pesar de ser religioso va a tratar sólo del tema que le hemos pedido”. Como si ser religioso fuese algo vergonzante o un carnet de identidad que ya avanzara lo que vamos a hacer: dar catequesis aunque no sea el lugar, decir cosas rancias y pasadas, etc. P.- ¿Cuál es tu experiencia personal como religioso? Los votos, la vida en comunidad, ¿te afianzan como persona y en tu vocación de servicio? R.- Ser religioso ha sido y está siendo una suerte de trampolín o un lugar donde me alimento. Es una oportunidad de tener un referente con una riqueza carismática, con una serie de valores –que están presentes en otras instituciones pero también en la mía–, con un talante y un modo de encarnar y vivir el Evangelio, que me gusta, que lo saboreo, que es actual. A lo mejor, tendríamos que abrir una reflexión sobre cómo entender los votos en nuestro contexto concreto. Creo que está llegando la hora de buscar nuevas formas de vida cristiana, comprometidas hasta el cuello, radicales pero un poco más en sintonía con el mundo de hoy; nuevas formas que sean verdaderos signos para la gente de hoy, para su sensibilidad, que les provoquen y les llamen la atención. P.- ¿A qué te refieres al hablar de radicalidad y ser signos para la gente de hoy? R.- Nos hace falta apostar por el cambio y crear algo nuevo. Cómo concretarlo no lo tengo muy definido. Si lo tuviera quizá ya habría fundado o habría arrancado con algún grupo o experiencia nueva. Quizá ya existen. Lo que quiero decir es que a la vida consagrada, sobre todo en nuestro contexto, en Europa, le vendría bien un cambio en orden a encontrar modos nuevos para encarnar lo que somos. Por hablar de nuestra experiencia, creo que hemos dado con algo interesante al crear el Centro de Humanización de la Salud. No es el Centro de Pastoral de la Salud, lo que a muchos les parecería más lógico. Quizá por ahí iría una forma de concretar lo que quiero decir, aunque más referido a la misión que a la vida. P.- Hablemos, pues, del Centro de Humanización de la Salud. ¿Por qué habéis escogido la palabra “humanizar”? ¿Por qué ese cambio de “pastoral” a “humanización”? R.- El diccionario dice que “humanizar” significa “ablandarse, desenojarse, hacerse benigno”. Hemos puesto esa palabra porque para nosotros significa la pretensión de hacer algo genuinamente humano. Es lo que ha hecho Dios cuando se ha encarnado: humanizarse. Y lo hizo con todas sus consecuencias. La pastoral es una de las expresiones de la vida de la Iglesia. En el contexto en que vivimos, la pastoral llega a algunas “ovejas”, básicamente a las que no se han ido de nuestros rediles. Me temo que si hubiésemos creado un Centro de Pastoral de la Salud habríamos seguido cuidando esas pocas ovejas que nos han quedado y nos habríamos olvidado de las otras 99 que se han ido. Al poner “humanización” queremos decir que nosotros, desde el que nos inspira, creemos que tenemos algo que decir especialmente allí donde se juegan realidades como nacer, enfermar, morir o estar en la calle en situaciones de exclusión y necesidad. Eso que tenemos que decir no hay necesidad de bautizarlo. Está claro de dónde nos llega esa agua fresca: del Evangelio. Pero lo podemos compartir con todos porque es patrimonio de la humanidad. Nos queremos sentar y trabajar con todo el que quiera apostar por la dignidad de todo ser humano, movido por lo que esté movido (desde un ateo hasta un creyente de otra religión, desde un sindicalista hasta un cirujano). Queremos contribuir a generar una cultura que esté en sintonía con los genuinos valores humanos que para nosotros están encarnados de manera espléndida en el Evangelio. P.- Humanizar y evangelizar. ¿Se oponen? ¿Se complementan? ¿Se identifican? R.- Es lo mismo. Si evangelizar fuera traer las ovejas al templo, contarles la historia de Jesús de Nazaret y sus seguidores, entonces evangelizar y humanizar serían cosas distintas. Pero si evangelizar es intentar hacer real, cierto y actual el significado de la vida de Jesús y su mensaje, entonces es lo mismo que humanizar. P.- ¿Cómo valoras la presencia y acción de la vida religiosa en el mundo de la salud? R.- La presencia de la vida consagrada en el mundo de la salud y de la atención social a las personas necesitadas, que es básicamente la presencia de la Iglesia en ese mundo, es muy significativa todavía en España. Un gran porcentaje de residencias para mayores, enfermos mentales, etc., son llevadas por religiosos y, sobre todo, religiosas. Esa presencia es significativa en cuanto a la cantidad pero también en cuanto a la cualidad, a la forma como llevamos a cabo esa atención. Todavía se nos prefiere a otras instituciones que prestan servicios semejantes, ante la evidencia de que los valores que nos empujan a hacer lo que hacemos, garantizan un cierto talante en la forma de atender a las personas. Hay muchos religiosos y religiosas trabajando en ese campo y no son sólo gestores. Están, ciertamente, los que se limitan a cumplir con su profesión, sea la que sea dentro de la estructura en que trabajan. Pero también hay muchas religiosas y religiosos que trabajan de otra manera, haciendo cosas muy diversas pero poniendo alma, vida y corazón en lo que hacen. Y ahí es donde reside la diferencia. P.- ¿Cómo ves el futuro de nuestra presencia en el mundo de la salud? R.- Me preocupa no tanto la desaparición de nuestros institutos cuanto el futuro de nuestros carismas, que son una riqueza para la Iglesia y para el mundo más allá de nuestras instituciones. Me temo que pueda estar amenazada su pervivencia si no asimilamos que no son monopolio nuestro ni de la Iglesia. No se tienen que encarnar necesariamente en personas consagradas. Todos los institutos andamos a vueltas con los laicos. Ahí es donde creo que tienen que surgir formas nuevas. Nosotros, en cuanto instituciones, ya somos abuelos. Estamos ejercitando la “abueleidad”, que es una función importante. Tenemos la experiencia, somos depositarios de unos valores. Debemos pasar todo eso a los nietos sin sentirnos imprescindibles. Y dejarlos que reinventen la vida y reencarnen nuestros carismas en formas nuevas. P.- La vida consagrada en Europa y en otros sitios está envejeciendo. En nuestras comunidades abundan los ancianos. ¿Estamos preparados para tratar a esas personas? R.- Se están haciendo cosas en ese campo en orden a cuidarlos, a envejecer saludablemente, a comprender las crisis típicas de esa etapa de la vida, etc. Pero quizá nos dejamos otro aspecto importante. En el fondo, es nuestra identidad la que sentimos cuestionada al ver que nos morimos sin descendencia institucional. ¿Dónde va lo que hemos hecho, las instituciones y obras? Cuidamos a los enfermos y ancianos, pero estamos prestando menos atención a ver cómo tenemos que vivir saludablemente esta experiencia colectiva de envejecimiento y muerte institucional. Se trata de experimentar nuestra propia muerte de una forma evangélica. P.- ¿Cómo tendríamos que vivir ese envejecimiento y esa muerte institucional? R.- Ante todo, hay que superar el mecanismo de la negación. Es legítimo pero llega un momento en que hay que aceptar la realidad tal como es. También es necesario superar la creencia, que todavía existe aunque a veces de una forma velada, de que el carisma es nuestro. En realidad, es un don que se nos ha hecho y tenemos la responsabilidad de intentar que siga vivo. Desde ahí, pasaremos a preocuparnos de forma directa por preguntas muy obvias sobre el futuro de nuestras obras e instituciones. Se trata de hacer bien el testamento. P.- ¿Qué le dirías al religioso o religiosa joven que vive en comunidad con un grupo de ancianos? R.- Le diría que las fuentes de vida no están sólo en la comunidad. Una situación así se puede vivir saludablemente si se asume que se pueden tener otros grupos de pertenencia. Un joven ha de estar vivo y eso implica tener vínculos significativos en otros grupos, donde ore, se comprometa, haga proyectos y descanse. No digo que la comunidad sea un lugar de muerte y que el religioso joven deba buscar la vida fuera. Pero tampoco se puede pensar que el joven sea el animador y gerocultor de la comunidad y además lleve adelante una obra. Eso no puede ser. P.- ¿Y a los religiosos ancianos que viven con un joven? R.- A la persona mayor le animaría a vivir saludablemente el envejecimiento, a cultivar sanamente el recuerdo. Y, en relación con la persona joven, a recordar que el joven está en una época de su vida en que es lógico que esté con ánimo de ser emprendedor. El joven tiene necesidades que la persona mayor ya no tiene. Nuestro reto es envejecer sin dejar de ser coherentes con los valores a los que nos hemos consagrado. Hay que seguirlos viviendo cuando nos hacemos mayores y dependientes. Dejarse querer y dejarse cuidar es también una forma de evangelizar.