Clausuró las IV Jornadas de Pastoral de la Salud San Camilo con una aplaudida ponencia en la que trazó un recorrido espiritual a través del arte. Y es que para este jesuita belga, arquitecto e ingeniero, doctor en Teología y profesor tanto en la Universidad Pontificia Comillas como en la de Leuven, la contemplación del arte le lleva a la teología y a la inversa, a través de la vulnerabilidad, el abrazo y el espacio sagrado. Entre otros libros, es autor de La vulnerabilidad en el arte y La fuerza de lo débil: paradoja y teología. Pero en esta entrevista no hemos hablado de ellos sino de la belleza, motivo de su visita al Centro.
- ¿La belleza es una necesidad humana? ¿Tiene potencial terapéutico? ¿Puede ser una forma concreta de acompañamiento pastoral?
- La belleza, como está íntimamente relacionada con la verdad y la bondad, tiene sin duda potencial terapéutico. Tiene el poder de serenar, de despertar sentimientos positivos y de poner el punto de gravedad fuera de uno mismo. La belleza tiene ese poder cuando es auténtica, es decir, cuando es natural y sencilla. La sencillez es un criterio de autenticidad para la belleza. Todos, al fin y al cabo, si somos honestos con nosotros mismos, somos sencillos. La sencillez es un puente que conecta la belleza que encontramos plasmada en una obra de arte, en un entorno o en la naturaleza, con lo que somos. Hay bellezas, sin embargo, que son tan rebuscadas que resultan artificiales, cuando no toman en serio lo humano. Otro criterio, al lado de la sencillez y hermanada con ella, me parece ser la vulnerabilidad. No la entiendo como sinónimo de la fragilidad o de la debilidad, sino, al contrario, como una fortaleza. Literalmente, es la habilidad de ser herido. Una habilidad o capacidad siempre es una fortaleza, por lo que añadiría que la vulnerabilidad es la capacidad de ser herido sin derrumbarse.
- ¿Cómo puede el arte convertirse en un lenguaje espiritual comprensible para personas que atraviesan la enfermedad?
- El arte, en cuanto mejor combina la sencillez y la profundidad, lo concreto y lo universal, lo natural y lo racional, ayuda a quien lo contempla a trascenderse. Es verdad que la enfermedad encierra la persona en su dolor y en su mundo. Hay enfermedades que reducen mucho el espacio, eliminando su amplitud. El arte, al contrario, apela a la memoria y a la imaginación. El arte apela a los sentidos, y así reconecta de otro modo con el cuerpo y la corporalidad, de otro modo en que lo hacen la enfermedad y el sufrimiento. El gran arte siempre es el fruto de la tierra y del trabajo humano (una expresión que se aplica a la eucaristía), al formar un puente entre el ser humano y la naturaleza, una naturaleza que, como dijo Martin Buber, nunca es un "él", sino un "tú" que revela el Tú eterno.
- ¿De qué manera la experiencia estética puede abrir horizontes de esperanza en situaciones de sufrimiento?
- Hay arte que anestesia, que apaga las conciencias y construye mundos fantasiosos e imaginarios (que nada tienen que ver con la imaginación). Ese arte es mentira que no se merece ni siquiera el nombre de arte. Es pura superficie sin profundidad. Al contrario, el gran arte no teme tratar de lo que va mal en el mundo. Pero no sólo nos devuelve (o nos echa en cara) nuestra oscuridad, sino que también revela la luz de la esperanza. Las mejores obras de arte logran tratar de la herida sin herir, de la violencia sin violentar, del sufrimiento sin hacer sufrir y del mal sin dañar. A diferencia de los periódicos que intentan hablar de lo que ocurre en el mundo del modo más objetivo posible, el arte que merece este nombre no sólo denuncia las injusticias, sino que también apunta a la esperanza.

- ¿El arte puede facilitar experiencias de trascendencia incluso en personas alejadas de la fe?
- Eso sí creo. Porque el gran arte siempre refleja o expresa una experiencia de trascendencia. Crear, practicar la creatividad, es una actividad necesaria para los seres humanos. También en la enfermedad. Tiene mucho que ver con la generosidad y la gratuidad y poco con la utilidad y la productividad. Lo comparo con el ronroneo de los gatos. En algún lugar leí que, cuando sufren los gatos alguna dolencia, su ronroneo acelera su proceso de curación. No sé si es verdad, pero lo creo. Contemplar una obra de arte también es un proceso creativo. He aprendido de Gadamer que, frente a una obra de arte, recibimos más de lo que proyectamos en ella. Si realmente me dejo mirar por ella, la obra se vuelve sujeto de un diálogo, de un círculo hermenéutico. Es una experiencia creativa y transformadora, porque debo también poner de lo mío, debo entregarme y mostrarme vulnerable. Rilke lo dijo: "No hay aquí ningún lugar que no te vea. Debes cambiar la vida." El arte auténtico siempre apela a ser mejores personas. Recuerdo una novela de Pat Conroy, Música de playa se llama, donde el protagonista se maravilla por el efecto que tiene la ciudad de Venecia sobre él: tanta exuberante belleza le provocó desear ser mejor, más desplegado, más despierto y menos complicado. El arte y la belleza nos dan amplitud, en todos los sentidos.
- Como arquitecto y teólogo, ¿qué características debería tener un espacio sanitario para cuidar la dimensión espiritual del paciente?
- Esencial me parece ser que todos los sentidos deberían encontrar el equilibrio justo para encontrar cierta paz. Es decir, la temperatura adecuada, un silencio sanador (nada de ruidos), luz natural y tenue, materiales naturales y colores suaves, de preferencia con vistas sobre algo de naturaleza. Es difícil cuantificar la influencia del entorno en el proceso de sanación, pero creo que el sentido común nos dice mucho sobre qué entornos son por naturaleza (nunca mejor dicho) sanadores. Pensemos sólo en nuestros lugares preferidos, donde respiramos aire puro, donde solemos ir para cargar las baterías, donde podemos ser realmente nosotros mismos. Mucho de esto es subconsciente, pero real. Lo espiritual se suele decir en lo más natural. Un gran criterio para valorar una espiritualidad es mirar cómo trata la materia, la naturaleza y el cuerpo. Esa dimensión creatural o ecológica me parece primordial desde el punto de vista teológico y espiritual.
- Mirando al futuro, ¿qué cambios le gustaría ver en la concepción de los espacios de cuidado para que reflejen mejor la centralidad de la persona?
- Pues esta dimensión de la que hablé justo ahora, y que llamo sinestésica porque engloba todos los sentidos, también los menos obvios. Se podría decir multisensorial, aunque me gusta más resaltar la sinergia y la armonía de la experiencia que es, al fin y al cabo, atmosférica. Muchas salas de espera me llaman la atención que en nada se parecen a un jardín -lugar idóneo para pasar un rato-, sino a un centro comercial con sus peticiones ruidosas de atención, sin luz natural y con materiales duros e impenetrables. Al contrario, lo natural es lo más universal. A mi modo de ver, en cuanto más se parecen a un jardín, más acogedores son los centros de cuidado. Claro que deben ser higiénicos en primer lugar, pero no asépticos. Además, un jardín está tan alejado de un desierto como de una jungla. Un jardín refleja la asombrosa sinergia entre el ser humano y la naturaleza. Y eso es universal y espiritual. No hace falta ser religioso para captar eso. Nadie es analfabeto con respeto a la naturaleza.


